24.9.11

La Casa, final.


Quería saber más de la mujer. ¿Qué paso con ella?, pregunté seguro de que iba a ser un tema difícil de manejar para mi amigo. Durante el rato que siguió, en sus palabras no hubo atisbo de rencor, enojo, odio u orgullo. Solo la resignación que produce la libertad ajena cuando no se condice con las decisiones de la propia. No era amargura, sino más bien cansancio. Un cansancio de haber intentado todo, vanamente. El cansancio que finalmente produce la no correspondencia. Hay batallas que no pueden ganarse, le dije. Duele en el alma no poder hacer nada, me contestó. Salvo esperar. ¿Esperar qué? Le pregunté rápidamente. No me contestó.

¿Por qué se fue? Otra pregunta como acero hirviente. No creo que lo sepa en esta vida, me contestó y cerró  los ojos, tal vez intentado combatir esos demonios que sugieren todo tipo de argumentos, desde los más inocuos a los más turbulentos. En cuanto a los asuntos del corazón ajeno, intentar penetrar en sus misterios es tan orgulloso como las conclusiones que uno saca, terreno fértil para justificar estupideces. No, ya no dejo que me tiente ninguna explicación, me dijo con determinación.

La mano que no sostenía el cigarrillo se contrajo rápidamente, marcando los mismos tendones que antaño manejaban con suavidad el recorrido de sus dedos por las mejillas de ella. Ella ya no está y no quiere volver, dijo secamente. Ese es el asunto entre esta casa y yo.

A un costado de la ventana hay un roble añoso. Se posó un gorrión  y comenzó a canturrear. Sin previo aviso, sin pedir permisos. Como habíamos abierto la ventana para liberar los humos del tabaco, la casa comenzó a llenarse de su canto. Prueba irrefutable de que lo realmente importante en estos asuntos es el para qué . Como espada toledana, la fortaleza viene de los golpes.

Note que había un cuadro nuevo sobre la chimenea. En caracteres trajanos , rezaba:
Pruebas con mayor dolor a las almas qué más quieres.
No decía nada más. ¿Hacía falta?

¿Sabes dónde está? Fue mi última pregunta. Persiguiendo la felicidad, me contesto con tranquilidad. Igual que el resto del mundo.

Mire lentamente todo el hogar. No me cabían dudas. Era una casa que había sido hecha para dos. Ya volverían las risas, la leña ardiendo, los libros, la música y las ganas de compartir. Tarde o temprano.

21.9.11

La Casa, parte cuarta

Luego volvimos al dolor. Seguía estando, me aseguró, tanto como esas manchas de sombras viejas en la pintura. Pero si miras bien, me dijo señalando dos manchas, verás que la luz comienza a surtir efecto. Las manchas van disolviéndose en el fondo. Pocas cosas resisten al tiempo en este valle de lágrimas. Como el Jardinero suele repetir, todo pasa, solo El queda.

Otra vez el aroma de las flores de Nardo. Esta casa es terca, me dijo mientras aspiraba fuerte.
Quise preguntarle a donde había partido. Pero antes de que se movieran mis labios, me comentó que sentía, como ahora, que la casa se resistía a la ausencia de su señora. El era su administrador, el Jardinero reparaba los daños, pero la casa no les era sumisa. De vez en cuando, de maneras misteriosas, aparecía algo que, cargado de memorias, se convertía en el combustible de una melancolía que desordenaba, cual duende irlandés, parte del orden que los otros dos se encargaban de ir procurando. Por suerte, me comentó, el Jardinero suele encargarse de esas cosas. Él sabrá qué hacer con ellas, se repitió a sí mismo en un tono casi inaudible.

Mi amigo prendió un cigarrillo y aspiró. Cómo le enojaba que fumara , comentó en una sonrisa cansada, mirando hacia el techo, como si pudiera penetrarlo y llegar a las nubes.

Miré la mesa del comedor. De madera oscura y robusta, era como el símbolo de la fortaleza que deberían tener las cosas destinadas a ser centro. Sobre la superficie había una mancha negra. Cuando le presté más atención, se reveló como una quemadura. Me acerqué y pasé los dedos sobre la cicatriz. Todavía quedaba hollín. Fueron los días del fin, interrumpió lacónicamente distrayendo la mirada hacia el combado ventanal que miraba a la calle.

Muchas amarguras juntas, mucho dolor ensimismado, muchos desencuentros. Todo mezclado con nuestros orgullos y dudas, reconoció mientras soltaba su cuerpo en el sofá y extendía el horizonte de su vista hacia el jardín.

Los recuerdos son como las personas que visitan la Taberna , comentó sin apartar la mirada de la ventana. Uno tiene que ser cortés como nuestro amigo tabernero y recibirlos a todos. Algunos te harán reír con sus historias, otros sólo quieren discutir con uno sobre errores y aciertos del pasado, algunos aparecen con las marcas de los momentos difíciles grabadas en sus rostros y sólo quieren desahogarse conversando. Entran, cuentan lo suyo y se van. Cuando te acostumbras a ellos, hasta les tomas cariño. Pero nunca dejes entrar a la loca de tu imaginación, pues será ella quien te susurrará al oído lo que no podrás saber, la que puede desfigurar los rostros de tus memorias, logrando que al final ni siquiera reconozcas a tus amigos. Mantenla alejada y podrás seguir convidando cerveza a las cansadas gargantas que pasen por tu vida y serás feliz.

18.9.11

La Casa, parte tercera

Comencé a observar con más detenimiento el resto de la casa. No quedaba un solo objeto que me permitiera reconstruir una idea visual de su ex inquilina. No creo que la descripción más acertada del ambiente sea la de un espacio “estancado”, sino más bien de una especie de avance  hacia algo nuevo, un moverse lento y a veces arduo, pero no ese atoramiento emocional que, cual agua ponzoñosa, termina siendo fuente de la cual beben y se fortalecen manchas  de un orgullo aún más negro y oscuro.

Cuando una de estas manchas aparecía en la casa, me contó su dueño, rápidamente la picaba hasta sacar todo rastro de su existencia, sellaba el hueco y pintaba el parche. Miré en todas direcciones y no vi rastros de esa clase de manualidad. El Jardinero del barrio me ayuda siempre con buena disposición a mantener la casa en orden, me contó con tranquilidad. Lo conozco, es un buen hombre, contesté con sonrisa afectuosa.

Luego de un rato de silencio, reconocí la biblioteca. La mayoría de los títulos estaban prolijamente ordenados. Salvo las Crónicas. El inquilino se acercó y los puso en su lugar. Adiviné que eran libros comunes a los dos. Tal vez los únicos objetos que pudieran contarme algo por sí mismos. Los había leído en más de una ocasión. Mi amigo me relató brevemente aquellas ocasiones en las que, desorientado por las nieblas que a veces se levantan en el camino, tan cerradas que no es posible distinguir más de dos pasos en cualquier dirección; había escuchado, con una claridad casi sobrenatural, sutiles pisadas. Sin embargo, cada vez que se acercó, solo pudo reconocer su trayecto, el cual siguió. En todas las ocasiones, había sido conducido otra vez al sol y al camino. No pude evitar pensar en que el Jardinero tampoco hace ruido con sus botas cuando camina. Extraña coincidencia, para quien gusta creer en las casualidades sin mayor sentido que el azar de la vida. Qué bueno es poder elegir parase del lado contrario, razoné para mis adentros.

Las paredes de la casa, del mismo blanco cálido que el exterior, solo eran interrumpidas por sombras, de esas espectrales que dejan los objetos colgados largo tiempo y que ahora no están más. Habían muchos fantasmas. Cuando el dueño entendió qué era lo que capturaba mi atención, me dijo : uno tiende, naturalmente, a atesorar todas las cosas compartidas como pequeñas pinturas invaluables. Es como si el mundo se renovara, como si creásemos todo de nuevo. Los arboles cambian de nombre, las montañas y ríos son depósito de historias y significados que nadie más les dio o dará. Ideamos nuevas estrofas a viejas canciones, nuevos versos a literatura que no escribimos. ¡Los caminos! , alcanzó a resaltar antes de que su voz fuera cortada por otro profundo y melancólico suspiro. Tantos paisajes tejidos en sus risas o sus llantos. Todo va conformando parte de esa manta que a ambos envuelve y cobija. Parte del dolor es la intemperie de perderla. Es el cansancio extenuante de ir descolgando todas las pinturas para guardarlas en cajas de cartón gris.

Le pregunté si ese dolor lo dañaba. Me miró por un instante y luego bajó  la vista, intentando ordenar sus ideas en el mar de emociones que otra vez agitaba sus costillas. Luego dijo: no, ya no destruye. Sí lo hizo mientras estuvo unido al oxido de estas paredes, descascarando todo. Pero el Jardinero llegó un día y me enseñó las bases del oficio. Si no empiezas por amar esta casa, me dijo, ¿cómo pretendes que incluso tú quieras habitarla? El viejito fumó mientras contemplaba el desastre en que yo había convertido esta casa en los primeros días de soledad. Luego calculamos cuanto demoraríamos en reparar todo. Estas manchas no se dan por vencidas fácilmente, dijo alegremente, como aceptando el desafío.

15.9.11

La Casa, parte segunda

Abrió la puerta y lo seguí al interior. Aún de espaldas, percibí  que el movimiento de su mano derecha hacia el pecho era para calmar olas feroces que invadían las costas de su maltrecho corazón. Cuando la furia se aplacó, nos detuvimos en un ambiente que la luz a nuestras espaldas reveló espacioso y complejo.

El lugar tenía una cualidad intimista: comedor, living, cocina y dormitorio se fundían en un gran ambiente, tal vez como relegando sus dominios naturales en pos de unos ocupantes que buscaban siempre esa cercanía que se acrecienta con el compartir, el hacer de todos los mundos uno solo. Me explicó que esa idea, que no era suya, le había costado un alto precio.

Cuando nos mudamos, me dijo, eran muchas las cargas que yo traía, a veces oxidadas por un orgullo oculto que todo corrompe cuando no se lo descubre . Y uno busca ocultar, quiere paredes que aíslen, lugares estancos donde esa herrumbre no pueda compartirse, aunque paradójicamente, es exponiéndosela a otros cuando realmente puede limpiarse.

Ese recuerdo, tan fresco como la brisa que agitaba el jardín, relajó la tensión de sus nervios faciales por un rato. Era una lección aprendida y grabada a fuego por el dolor. De esas trampas que uno no quiere volver a pisar, aunque el cebo sea tentador. Hay heridas que dejan cicatrices indisimulables, le comenté, aun por la inalterable gravedad de las arrugas del paso del tiempo.

El dolor, me dijo, cuando hunde sus raíces en el amor, tiene una extraña cualidad. Al ser casi el último rescoldo que va dejando el fuego de un pasado irrepetible y agostado, comienza a brillar con una intensidad cautivadora. No dejamos de buscar evitarlo, pero al mismo tiempo es un néctar que promete, al menos, poder recordar ese tiempo anterior de dicha y vinos dulces. Por eso creo que cuesta tanto a veces avanzar, dejar ir incluso a la memoria.

Lo que más añoro, articuló con la mirada fija en una cocina bastante saturada de cacharros cobrizos limpios pero desordenados; es verla de aquí para allá, enfrascada en mil cosas, riendo y gozando de una vida joven y rebosante de promesas. Poder ser parte de ese espectáculo, saber que en buena medida uno se convierte en eje, en motor de algo que no le es propio y por libertad ajena le es encomendado, eso es felicidad. Verla feliz y contribuir a ello es lo que más extraño. Mil memorias deben  de haber acudido agolpadas a su cabeza, pues tuvo que ocultar sus ojos tras parpados tensos y agotados . Otro suspiro cavernoso. Al rato continuó. Es como cocinar, me dijo, ya que el arte se goza en buscar la felicidad de los otros con algo que, al ser parte de uno mismo, es entregable por un acto de la voluntad ansiosa de compartir, partir y repartir.

No había un delantal y en la despensa solo quedaban frascos vacíos y el horno con su puerta a medio abrir: era la caricatura perfecta del reproche de una casa abandonada. ¿Volverían el ruido, el vapor y los aromas  a esa apagada cocina?

29.8.11

La Casa, parte primera

Cerca de la taberna, siguiendo un camino curvado como cinto sobre la falda de una verde loma, hay un pequeño barrio de casas simples, arboles robustos y acequias cantarinas.

Frente a una de estas residencias, en un domingo bajo un cielo sin nubes y de sol invernal, un hombre se detuvo en la entrada del pequeño jardín que rodeaba una casa casita que siempre se me figuró como de estilo romántico y campestre: paredes blancas y rugosas, techos de tejas rojas y vigas de madera oscura. El conjunto se antojaba bastante acogedor en esa particular mañana.

Cuando nos cruzamos, yo volvía a casa con el diario bajo el brazo y la pipa humeante trabada en las quijadas. Me le acerqué y mientras lo saludaba, extendiendo mi mano libre, noté su mirada. En sus ojos grises se mecía un mar sin sol y brisas, sin cantos de aves ni baladas del oleaje. Solo una gris quietud.

Sin esperar a que pudiera preguntar sobre el porqué de esa melancolía tan honda, me contó lo siguiente:
En los fines de semana, cuando todo el mundo parece desinflarse de las tensiones que soporta entre lunes y viernes, es que se me hace más difícil evitar este camino. Como verás, la casa está deshabitada desde hace un tiempo. Aunque no permito que se la coma el polvo, cada vez es mayor el tiempo que pasa entre visita y visita. Aunque el trabajo logra absorber, cada vez con más fuerza, las capacidades de mi cabeza y voluntad, este hogar todavía se las ingenia para reclamar mi atención. Y aunque no sé si sea algo bueno prestarle atención, de vez en cuando sus quejas son tan fuertes que termina imponiéndoseme. Después de todo, lo que ella desea no es malo, simplemente algo que no podrá tener.

Miró largo rato la casa y luego a mí. No sé por qué innata cualidad expresiva de los rostros, se dibujó en el fondo de su paisaje ocular, entre cargadas nubes cenicientas, un tímido rayo de luz, ahí, al final de todas las cosas. Del mismo modo en que apareció, se desvaneció la visión.

Luego, vacilando algunos momentos y tras un profundo suspiro, que seguro obedecía a esa necesaria expulsión de ansiedad en aquellas personas que no lloran, avanzó hacia el pórtico. Decidí seguirlo, motivado en igual medida tanto por la curiosidad de las vidas ajenas que a veces es cosa buena como por la misericordia que su figura agotada intensificaba en mi interior.

El jardín tenia yuyos de considerable altura, todos canosos. Las plantas y arbustos del terreno sufrían la necesaria desnudez invernal que les da ese aspecto casi mortuorio. Sin embargo, un aroma sutil pero intenso fue capturando mi atención. Unas flores de nardo resistían la crudeza del ambiente. Frágiles en su palidez, eran un eco de algo más allá, algo que no está sujeto al tiempo.

Reconfortaba el alma. Pude notar como el dueño de casa era brevemente transportado a un tiempo feliz, un lugar donde las sonrisas siempre encontraban formas infantiles de estirar labios y alborotar cachetes como rojísimos tomates que solo crecen en huertas de montaña regadas río de deshielo.

30.6.08

Ahi estas, en las nubes

Ahí estas, sobre un horizonte hecho de campos y praderas.
No me has visto; tu mirada se distrae donde
los juegos de luces y sombras entre el sol y las nubes.
Gozas en la marea dorada de una cosecha en verano.

Una gentil brisa del este se arremolina en tus bucles oscuros
demorando su destino.
Estas lejos de mí, y el verde crece infinitamente
entre tus suaves pies y el camino que orienta mi rumbo.

Pronto alguna colina arrancará tu ser de mis pupilas
y ya no sentiré más.
Enredaré tu recuerdo a esas nubes que enmascaran el sol
solo para desearte cada vez que tome por algún viejo recodo
en alguna olvidada y pacifica campiña.

27.6.08

tus Labios

Despegas tus labios, los contemplo

correrse como carmesí telón.

Dejas que, con la sutileza de una brisa

que arrulla un campo nocturno de lavanda,

aparezca esa sonrisa

que ha sido el deleite del Creador.

*

Flotan tus palabras y tus lentos suspiros

buscando reposar en mis cansados oídos

y se conmueve mi esencia al moverse

en mi pecho una esperanza dormida,

una ilusión antigua como mis dedos,

ellos que quieren trenzarse con los tuyos.

*

Es en tu ser donde reside mi peligro.

Pero como Quixote, corro desaforado a enfrentarte

¿Qué otra alternativa me queda si ya he caído

Bajo el amoroso embrujo carmesí de tus palabras?

Me veo atado a tu destino, sin escuchar a dónde va el tuyo.

Solo me queda ganarte, para que nuestros destinos sean uno.

25.4.08

Hoy te vi (acerca de la sorpresa)

Hay pocas emociones que se pueden comparar a las que produce una sorpresa, eso que uno no espera; ¡y que sin embargo ahí está!, a la espera de poder colarse furtivamente en nuestro camino, como si desde el comienzo del tiempo la cita no esperada hubiera sido planeada, lo que es a todas mis luces lo más probable.
El instante de contacto entre la realidad individual sumergida en sí misma con la sorpresa, sea la que sea, es un instante único. No vale la pena hablar de aquellas sorpresas negativas que lamentablemente tanto abundan y cualquier ser pensante, con algo de estima por sí mismo, prefiere aquellas que le dan alegría. Muchas veces las buenas sorpresas logran introducir este último estado de cosas interior en cada uno de nosotros.

Volviendo el quid de este relato a ese momento sorpresivo, se puede recordar con facilidad el sabor del mismo, ya que sin ser algo que se deguste, deja una sensación bastante saboreable a la derecha del pecho, un suave pero patente golpe en las fibras del corazón. Es la naturaleza de una buena sorpresa el impactarnos y descolocarnos a tal punto que instantes después no tenemos muchas nociones de porque reaccionamos como lo hacemos, seguramente al encontrarnos en una situación completamente extraña a nuestro estado pre-sorpresa. Por un corto momento la emoción toma el control de nuestros cuerpos para zarandearnos de nuestra cómoda y racional posición, transportándonos a un mundo donde reinan las osadías más disparatadas. La sensación que nos llena el pecho es la de una insana necesidad de conquistar lo que se nos ponga enfrente, vencer al Goliat de turno, trepar el más infernal de los montes entinieblados, en fin, lo que sea con tal de mantener al objeto de nuestra sorpresa.

Es curioso como cuando el efecto de la sorpresa pasa, cuando este objeto de nuestro repentino deseo vuelve a su posición en el mundo real, nos sorprendemos gratamente de nuestro arrebato. Nos causa alegría y placer traspasar ese umbral que ordinariamente mantiene el equilibrio normal de nuestros asuntos. Es un gusto involuntario y de los más sabrosos, que gracias a Dios todavía nadie puede arrebatarnos.

23.1.07

El corazón desbocado

Cualquier lugar tranquilo invita a disfrutarse. El tabernero y su esposa (otra pareja envidiable, y mas que la anterior porque esta ultima es bastante perceptible) han criado a base de tiempo y esfuerzo, un bonito jardín en la vera del bosque, encerrado entre el mundo humano y el de los faunos y driades. Esta frontera de dos mundos que conviven, es uno de los sitios más frecuentes donde Paz y Reflexión suelen aparecerse, danzando en alegre y rápida sinfonía, mecidos por las brisas del bosque y el rocio de las madrugadas. En fin, una vez que son observadas, solo les queda regalarse al cansado que llega buscándolos.

De los regalos que uno puede recibir, creo que este es de los más preciados, ya que este matrimonio se ha escondido de las ciudades y sus locuras y ruidos y egos y soledades; pero a veces visitan tumbas o jardines o parques y plazas regalando sus dones a quien los anhela. Sin embargo son esquivas, por lo que hay que desearlas para que escuchen al corazón abrumado que ruega sediento.

Ahora bien, una vez que entran, generalmente la primera en darse es Paz, la cual acalla todo murmullo en el alma y aquieta las aguas de los deseos y pasiones para que el señor de su vida, Reflexión, entre y se hospede. Si Paz es una esposa atenta y servil, su esposo no lo es menos y la llena de gracias, porque sabe que a el le es imposible por esencia lograr el silencio del corazón que necesita para regalarse. No pueden vivir uno sin otro. Nunca lo harán.

El regalo del señor no es menos importante que el de su dama. Trae consigo la Voz, aquella que es necesario oír. La que siempre estuvo, la que nunca se fue, la del consejo justo. Aquella que reclama, no como un cobrador, sino como un padre amoroso que solo busca darse y agotarse en favor de los corazones. Sin embargo su tono es bajo, casi en confidencia, y debemos saber que podría ser una voz tonante como antaño lo fue, pero que ya la historia fue cambiada y el trueque realizado (cambio injusto porque no dimos nada y recibimos todo). Ahora habla en silencio.

Lo que nos dice, no es de cualidad auditiva, sino que mas bien se graba a fuego en nuestro ser, lo invade todo, todo lo cambia, nos desarma y arma a voluntad, nada es como antes porque lo escrito es imborrable, no hay marca que se le compare. Pero no es agresivo sino que por el contrario es dulce, más que un cariño maternal, mas que una mirada cuando éramos niños y nos agarraban de la mano para socorrernos o alejarnos del peligro, como un abrazo poderoso pero que no daña. Nada queda por hacer frente a la Verdad, solo deja dos opciones claras. Solo dos. Una buena y una mala. La mala es el origen de este escrito. El negar. Cuando la verdad se conoce, esta no deja remedio, obliga; no como un carcelero feroz, sino como un amor desmedido, que llena y rellena todo. No hay nada que no quede envuelto en su agua fría, esa que puede doler, pero que cura.

En fin, el corazón humano es algo caprichoso, egoísta, pasional y posesivo. Pero es bueno, solo que fue emborrachado en el elixir falso del non serviam, y ese gusto no se olvida, nunca hasta el fin de nuestras vidas, y tal vez incluso más allá, donde reina lo eterno. Cuando el corazón no quiere, destruye. Y la verdad puede ser un yugo muy pesado para un corazón que no tiene riendas, tan pesado que obliga a matar. La Verdad es muy rara, porque es frágil pero al mismo tiempo eterna, escapa a nuestra voluntad en su pequeñez aparente, como una flor que tiene por raíz una montaña. Sin embargo se nos dio poder para ahorcarla e intenta ahogarla, poder sentir como sus respiraciones ceden a nuestros dedos clavados en una piel suave y prístina como la nieve. Y nos gusta hacer sufrir, y matar es un extraño placer, de esos que se pueden disfrutar en cualquier momento, cuando nos plazca. Se puede sentir e incluso oler la sangre borboteando en la garganta de la ínfima niña, la cual sin embargo no llora, ni siquiera muestra un atisbo de odio u horror en sus labios y sus ojos. Solo nos mira, compasivamente, mientras nuestro rostro se transfigura, si tal cosa es posible entre los mortales, en lo que podemos ser: bestias. Un dantesco animal disfrazado de hombre que recorre el mundo llevado por su pétreo y carbonado corazón, el cual ya quedo atado a sus volutas pasiones. Eso podemos ser, regodearnos en la sangre de lo puro, bañarnos en su inocencia. Y eso queremos porque nos hace mas fácil el camino, el transito en este valle de lagrimas y espinas. Nos cubrimos en un férreo manto de egos, aislados de sufrir. Y a cambio de tanto dolor, solo recibimos una caricia en la mejilla, la niña Verdad nos mira. Y es insoportable.

Así nos paseamos por el mundo, en nuestro traje de horror, entre miles de otros trajes que heden a miedo y angustia, dejando tras su paso una negrura toxica pero adictiva, que nos quema la garganta con sus vapores. Pero a nuestro corazón le agrada. Y así agregamos capas de mortandad y desesperación a nuestra vida, creyendo vanamente que el olor es pasajero, que a la vuelta de aquella esquina cercana, a 5 pasos de distancia, esta el Edén. Pero la ilusión se evapora como el alcohol y solo deja vacío y mas negrura que acumulamos en nuestra espalda para pegarnos un poco mas al suelo y dejar de ver las nubes y el sol. Y el mundo se hace gris porque todo pierde su sabor, y creemos estar en Mordor, pero no es un libro. Es real. Y nosotros somos Saurones, y todo lo derruimos a ceniza porque queremos. Ese es nuestro poder, el gigantesco don que no sabemos usar sin la niña. Pero el corazón ya nos domina, y una vez que prueba la sangre de la inocente con sus fauces, queda cebado para siempre.

Sin embargo la niña no puede morir. Es eterna. Y ahí, en el fondo del abismo de nuestras negras pasiones, en ese pútrido calabozo que construimos con el hollín que chorrea nuestro negro corazón, la encerramos. Pero aun con el cuerpo molido y llagado, canta. Y es dulce su canto como el de todas las niñas que juegan divertidas, o el de los ruiseñores de mil colores que se alborotan al sol de la primera mañana primaveral. Y esa melodía nos come, pues agita las palabras grabadas, y las insufla de su ser, y la carne duele, porque nos hace concientes de que no podemos ser felices lejos de la Verdad.

Es decisión nuestra y solo nuestra amordazar a la bestia cebada, clavarla en un (no deja de ser nuestra al fin y al cabo) para que se amanse y se reconvierta en un verdadero corazón, pues solo este es capaz de increíbles proezas y de amar hasta el fin, para eso fue hecho al principio del mundo. Solo así liberaremos a la dadora de libertad, la Verdad.

El jardín esta fresco pues el tabernero acaba de regar. Otra vez el búho, que ahora esta mas gordo y no se porque, me mira como escrudiñando, tratando de leer lo que ha sido grabado en mi. Y se siente bien cuando la brisa del norte despeja los colores ocultos de un manzano en flor. El mundo no es gris, solo nosotros queremos que así sea de vez en cuando. El búho ulula tranquilamente, me mira y emprende vuelo, seguramente tras algún ratoncillo de campo. La felicidad fue hecha para los que puedan clavar su corazón en el poste. Para el resto el camino al tangible Mordor ya comenzó. Es agradable ser verdaderamente libre.

8.12.06

La hija del tabernero (3ra parte y final)

Esa noche solo un búho añejo que reposaba dentro del húmedo roble fue testigo. Tuve yo, común mortal, el sagrado honor de conocer a una reina. De donde salio, nadie lo supo jamás. Acaso una princesa de algún reino elfico oculto de la soberbia del hombre, tal vez una melodiosa sirena del insondable océano, o bien pudo haber sido alguna diosa pagana de antaño, perdida en un mundo bañado en sangre divina; nadie lo supo. Cuando uno ha ingerido demasiada cerveza, cualquier cadena de pensamientos puede convertirse en bruma. Sin embargo logre comprender, aun después de tres picheles llenos, que las dos cualidades (la gracia física y la bondad del corazón, tal vez las más importantes que pueden apreciarse en una mujer a la que uno no conoce) podían unirse en un solo concepto, el cual no obstante superaba ampliamente a estos dos en significado, del mismo modo que un hogar es mas que casa y algo con que entretener muelas y estomago.

Así pues, una palabra casi extinta en el vocabulario moderno (por oscuros y malvados designios, que a nadie le quepan dudas) comenzó a golpear mi sien con la misma insistencia de un discurso que tiene por finalidad encender a los corazones patrios.
Feminidad. Tan sencillo como eso. Ese día comprendí cabalmente a que se referían las ancianas cuando comentaban en grupo que la juventud estaba descarriada, que las chicas de mi tiempo no eran como antes, que eran poco femeninas. Enfrente mió estaba una verdadera mujer, aquella para quien el adjetivo se volvía sustantivo, la encarnadota del sueño de todo hombre de bien. Así que la final de todo era algo tan sencillo. El búho seguía escrudiñando el patio en busca de ratones de campo, el mundo continuaba girando y el sol nacería de vuelta luego de alumbrar pálidamente los infiernos, las nubes aparcarían sus navíos entre las cumbres. Continué mirando toda la noche ya que cayó sobre mí la sensación de una profunda melancolía, el saber que el tiempo no se frenaría a mi mando, que ella seguiría su oculta estrella por un camino que no nos es dado ollar.

Destinado a buscar, me invito a salir el suave y rítmico ulular del ave ojuda. Afuera todo era paz, esa que nadie sabe encontrar y que consiste en abandonarse, la humildad del que sabe que todos los caminos conducen a Roma, mientras que uno se esfuerce por llegar a la ciudad de Pedro y Pablo.

Muchas veces cuando expiramos hondo se destapa algo dentro de uno, algo que espera pacientemente a que el alma este predispuesta a buscar sinceros significados, como la vieja canción del soldado que iba a la guerra y pasó su última noche de paz cantando en el sitial de la taberna “…Corazones partidos yo no los quiero, y si doy el mió, lo doy entero...”. A la mayoría de los que escucharon esa suave tonada, solo les quedó esa frase.

27.11.06

La hija del tabernero (2da parte)

Entre los muchos libros que echan raíces adentro de la añosa biblioteca que posee la taberna, hay uno donde figura una definición simple y contundente acerca de la palabra odio y reza así: antipatía y aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea. A los ojos de alguien que busca no odiar, los deseantes de lo perverso aparecen como bestias que gruñen y babean una melaza globosa y espesa de insultos e injurias a través de un hocico, que aunque pintado o afeitado, no deja de tener gruesos colmillos sedientos de infortunio ajeno. Realmente produce pena escuchar las execrantes palabras que surgen de los labios cual metálico látigo, destrozan hasta convertir su argento brillo en escarlata sudor.

Un rato después de que nuestra anfitriona sirviera la mesa, y gracias a las habilidades (léase esa asombrosa capacidad para atizar la vergüenza y hacer el ridículo…) de algunos de los muchachos con los cuales compartía una cerveza, ella se sentó con nosotros a degustar su helada coca cola (porque cuando trabaja no toma alcohol…) Realmente era dueña de una voz melodiosa que armonizaba con unos suaves labios, los cuales se movían con la gracia de una tela remontando la brisa bajo el sol de primavera. Nada en ella, en todo el tiempo que compartimos, dejo entrever algún odio y si lo hubo, estoy seguro que esas palabras murieron antes de recorrer sus cuerdas vocales. Mientras mas la escuchaba, mas sentía que frente a mi se desplegaba el espíritu de algo que a pesar de su apariencia humana, se elevaba del resto del mundo sin conciencia de ello, quedando el resto de los mortales en un mundo helado y sin luz.

Creo que este es la segunda columna: la bondad del corazón, la cual no es la ausencia de odio, sino el poder ahogar al mismo en perdones sinceros y una capacidad de amar a prueba de egoísmos. No creo que nada de lo que he escrito carezca de sentido común por lo cual deduzco que es cierto a menos que me demuestren lo contrario.

El post con menos ganas del mundo…… ronda la apatía con sus larguiruchas y cancinas patas….

20.11.06

La hija del tabernero (1ra parte)

La primera vez que apareció fue en una de esas noches donde uno realmente desea que el mundo detenga su giro del mismo modo en que una tortuga infartada deja de caminar. Las estrellas brillaban con inusual fulgor, tal vez debido a que cuando uno vuelve de la ciudad y su lúgubre brillo artificioso, todo lo natural adquiere un sabor más puro. El cielo por el contrario era de un azul tan profundo que podía sentirse la hondura eterna del espacio, la luna jugaba a ser faro de las pocas nubes que surcaban alrededor de los picos pétreos, lejos en el sur del mundo. Enero corría veloz pero el ambiente general dentro de la taberna como afuera de la misma, era de un agradable frescor, como si alguien hubiese torcido el cauce del río para que este circulara entre las mesas. Estoy casi seguro que el universo entero conspiró esa noche para realzar la belleza natural de una reina que por decisión propia servia cerveza de barril en las mesas donde nos sentábamos a discutir algún asunto de relevancia solo como excusa para hacer buenos chistes, fumar pipa, tragar como manada de lobos la picadita y bajar la misma con cerveza; un buen grupo de enanos como observaría Tolkien.

Así pues la discusión fue violentamente interrumpida cuando un par de maxilares dejaron de cumplir su función primaria y quedaron en un estado que advertía claramente que las capacidades volutivas se volvían a un asunto de poderosa primeridad. Es que por detrás del mostrador y bajo el rictus rígido e imperecedero del padre bigotón, la obra maestra de Dios, tal cual debía haber sido en el sexto día, se aproximo a nuestra mesa. De esta forma tan natural como mística, conocimos a una mujer bonita.

Creo conveniente explayarme en el concepto de bonita. En primer lugar el término tiene una cualidad lingüística que denota una inocencia ausente en términos tales como “hermosa”, “rica”, “bombón” u otros de menor calaña y más agresivos en su concepción. Además existen muchas cosas que adquieren relevancia a través de este término como las columnas que sostienen un Partenón, es decir sin las cuales “bonita” pierde toda su relevancia.

La primer columna es obviamente la más fácil de observar y consiste en la gracia física. En ese momento basto una sola mirada para exclamar loas eternamente. Se que no hay un modelo a seguir y para cada hombre varia pero hay un patrón que a pesar de eludir con facilidad a la razón, se deja atrapar con facilidad por los sentidos, sobre todo la vista. Más que un modelo, es la correcta composición lo que vuelve a una mujer bella a los ojos de un hombre y es por esto que causan una especie de sutil rechazo las mujeres que no se conforman nunca con sus cuerpos y que buscan modificaciones que seduzcan a diestra y siniestra, como si fueran alguna salvaje ametralladora de placer visual. Es en este punto donde quiero recalcar que cualquier mujer que vive para seducir a través de su físico no puede pretender algo que se transforma casi en su antonomasia: el respeto. Esa cualidad que engendra admiración y un sincero y saludable amor eterno, lo que hace que un hombre sea capaz de dar gustoso su vida. En cambio la dadora de placer solo podrá engendrar sentimientos pasajeros y deseos oscuros de dominación, de la misma forma que nada se puede construir en una ciénaga.

Estoy seguro que la felicidad se transluce a través del cuerpo, sobre todo en un rostro que ríe con frescura, una nariz que se pliega en su raíz, unos pómulos redondos y rojos como manzanas, unos ojos infinitos; en fin, la naturaleza demostrando una perfección con la que no podemos ni podremos rivalizar.

Ante una mujer bonita, solo nos queda apoyar la cabeza en la palma de una mano y el codo de ese brazo en la mesa, y en esa posición de evidente embobamiento, disfrutar de un espectáculo para el cual fuimos hechos: la gracia femenina.

14.11.06

El árbol Dios (Aldiaur Ainatar)

Es probable que el solo nombre de este post desconcierte pero no por eso voy a aclarar las cosas desde un principio, sino que más bien, voy a dejar que discurran tal como el saltarín arroyo que atraviesa el bosque y cuyas aguas se usan en la taberna para elaborar cerveza.

Si uno sale de la taberna con la intención de movilizar la herrumbrada osamenta, como todo hombre con sentido común, debe partir con las primeras luces del alba si su destino es algún pico de las montañas tras el bosque. Sin duda uno de los mejores días para hacer esto es el siguiente a uno donde la naturaleza se haya apaciguado luego de derramar al cielo sobre la tierra y bramar en forma de luz y truenos.

Es en extremo común (sobre todo si uno se distrae fácilmente o se pone a desmenuzar los problemas de la vida con el cuchillo de la razón y la balanza del sentido común) encontrarse luego de un rato de caminata en algún lugar al cual no se tenían intenciones de llegar al principio del viaje. Si la suerte acompaña, existe la posibilidad de encontrar perdido en el corazón del bosque, un prado enlomado y cubierto de fino pasto. Sin embargo la sorpresa mayor es un árbol en el medio del lugar. Al señalar su ubicación, me refiero a una cualidad visual del paisaje que no es de orden métrica, sino más bien una especie de juego con el que la naturaleza se deleita, y que consiste en recrear la belleza aparentemente caótica, pero que en realidad termina siendo una complejísima distribución reflejo de un acto no atado al tiempo.

Ahora bien, el árbol en cuestión posee algunas cualidades “raras”. Tras recorrerlo con la mirada durante un buen rato, el sentimiento de majestuosidad lo embarga a uno, la vista se regocija en pleno con la monumental y austera figura. Cuando uno se cansa de encontrar tanto detalle deleitable, uno puede descubrir un recoveco de pasto y raíces nudosas y poderosas, conjunto que inevitablemente invita a ser usado a modo de sillón cuya comodidad no tiene nada que envidiar al ningún trono imperial.

En fin, solo basta acomodarse plenamente para disfrutar el simple hecho de que aunque el mundo cambiare de forma, aquellas poderosas raíces no se moverán, su sombra será siempre apacible y su copa seguro refugio. Al final del viaje solo queda la sensación de una indestructible paz, el descanso necesario de la vida en sociedad y un cuerpo renovado gracias a una oportuna siesta mecido por el arrullo de las aves y la suave brisa que remolca navíos de nubes por el cielo azul de una tarde de otoño.

9.11.06

A la vera de una oscura muralla viviente

Un buen trecho antes de la taberna, y si uno viene por el camino que a la misma lleva es muy probable que ante sus ojos se despliegue un panorama por decirlo de algún modo, monumental. Tal vez la sensación no sea agradable, sobre todo al percibir el paisaje que rodea a la taberna, ya que uno descubre todo demencialmente descomunal. Esto es así porque la taberna ha echado raíces en un lugar un tanto inconveniente para el ego: a las puertas de un profundo bosque, el cual a su vez alfombra los pies de dantescas moles de piedra que adoptaron, en tiempos anteriores al invento del recuerdo, el nombre de montañas.

Retomando el tema de la sensación, cuando uno logra sobreponérsele y comienza a indagar acerca de la misma, si es una persona con algún sentido común, comprenderá que ese malestar es el que produce la humildad cuando nos arranca de nosotros mismos y nos postra con la violencia de un pretoriano que sorprende a un súbdito rebelde de pie y enfrente del Cesar. Así pues una simple conjunción de naturaleza y obra humana nos reconfigura para recordarnos lo pequeños y desvalidos que somos, lo sedientos que estamos (aunque no lo admitamos) de una guía celosa que nos vigile para no caer.

Cualquiera puede imaginar como el menos desperezamiento del gigante pétreo sepultará hasta el fin del mundo a la pequeña casita que expele volutas de humo por una chimenea y luz danzante por las ventanas circulares.

Más de una vez he sentido ese tirón en carne propia, lo cual me ha hecho comprender después de pensar un poco en el asunto, que lo que se desplegaba a mis ojos era verdaderamente el hombre y su señorío del mundo. ¡Con que cautela debe moverse el rey del fuego! En vigilia constante, para que las llamas no se apaguen o usen su cuerpo como leña. Lisa y llanamente, somos regentes, del primer al último hombre. Se nos ha dicho: reina, pero cuida mi castillo, porque he de volver.

Todavía queda mas por decir de la casa y el bosque…

8.11.06

La cocina del tabernero y el sitial del trovador

Retomo la idea de recorrer la taberna. Un lugar que sin dudas es amado por todos, es aquel de donde surge la satisfacción para el estomago. Oh!! bienamada cocina de la taberna!! Que dulces manjares cobijas, que sutiles aromas riegas en el atestado comedor!!. A quien no le gusta la sensación de una panza llena, luego de haber ingerido en forma sustanciosa preciados alimentos elaborados por amor al paladar. Esto me recuerda el increíble día del amigo de este año. Dios mió, que cerdo!!! (literalmente). Todo empujado al interior por sudorosas botellas de cerveza que generosas regalaban su contenido tanto al ahogado como al mesurado.

Como en todo hogar que se precie de tal, infaltable es (muy Yoda) la presencia de la parrilla, ese adminículo de cocina poseedor de un extraño efecto gravitacional sobre el cuerpo humano: todos los comensales tienden a acercarse en forma directamente proporcional a la cantidad de hambre que tengan y el tiempo transcurrido desde que la carne cae al hierro hirviente.

El otro espacio al que quiero referirme es aquel donde, si la situación es propicia, algún eventual músico desarrolla su arte entre los presentes. Las historias de traseros pertenecientes a virtuosos músicos que atesora la humilde banqueta de madera oscura y gastado almohadón.

Lo mejor del repertorio de increíbles solistas y bandas, desplegados con respeto y admiración por precisos dedos y poderosas gargantas. Puedo contar con los dedos de una mano a mis amigos que tienen el privilegio de ocupar tan selecta banqueta. Como siempre, lo bueno viene en envase chico (salvo el finado chancho del que ya hable).

Así es, cada vez le tomo más cariño a mi taberna.
Van dos espacios mas
y queda camino por andar :)

7.11.06

Ampliando el concepto de mi taberna :)

Lo primero que viene a mi memoria son algunas de las más famosas tabernas de los libros que he leído: así pues esta aquella regenteada por el famoso Cebadilla Mantecona “La Taberna del Pony pisador”, donde los hobbits esperan al pedo a Gandalf que no llega nunca teniendo de esta forma que contentarse con Trancos (Aragorn para los amigos). Otra local bastante famoso y más alegre todavía es aquella del país de los hobbits, “la Taberna del Dragón verde” donde Frodo y los muchachos se toman toda la cerveza y se fuman todo el tabaco para pipa!! Que buena vida!!!!. Por ultimo debo honrar otra no menos famosa pero si mas extraña, aquella con la cual Chesterton bautizo uno de sus geniales libros: “la Taberna errante” la cual debía su nombre a su principal cualidad: efectivamente era un local sin lugar fisco habitable; constituido por un cartel que rezaba “El Viejo Navío” en un poste de madera, un barrilito de ron, una horma de queso, Humphrey Puma (un tabernero pacifico) y capitán de navío Dalroy que no tenia muchas cosas para hacer!

En fin, mi taberna comparte algunas de las características de las famosas que he nombrado. Por ejemplo, el caso de la chimenea. La sensación de poder recostarse en algún mullido sillón, a la vera de una calida fogata enmarcada en murallas de piedra hollinada. El recuerdo de poder leer en el silencio y la tranquilidad de una noche fría, rivaliza en magnitud con pocos de los placeres que nos son permitidos de este lado del cielo.

Otra característica de este local es la infaltable cava subterránea con sus bargueños y estantes rebosantes de botellas. Cuantas sonrisas de deleite arranca la visión de una buena cava repleta de vinos y otras bebidas sabrosas a los paladares honestos de mis amigos! No puedo dejar de mencionar al buen whisky, bebida en la cual estoy incursionando, cortesía de un trío de fanáticos del asunto… Imaginando la cava, me parece que voy a tener que agregar un lugar para una pequeña heladerita donde depositar la bebida emblema del siglo XX, la bienamada Coca Cola®. Que poderosa conjunción de hierbas, agua y gas!!

De esta forma queda conformada a grandes rasgos la cava de la taberna, que bien podría ser el lugar donde el vagabundo gusano alado descanse, barriga al suelo, luego de deleitar su lujuria por los tesoros líquidos que esta cueva oscura y húmeda puede brindar.

En el próximo post seguiré hablando de otras cosas acerca de “la Taberna del Dragón errante”.

5.11.06

A modo de introducción

Creo que muchos se preguntaran de donde cuernos sale el titulo (bastante largo por cierto) de “La taberna del dragón errante” y es justo responder a tan compleja pregunta. La simple verdad es que se me ocurrió conjugar el titulo de un libro de G.K. ChestertonLa taberna errante” con la taberna que aparece en el relato de “El Señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien, taberna en la cual se juntan los hobbits a tomar cerveza y se denomina “la taberna del dragón verde”. Sin embargo existe como en todas las cosas, un argumento mas profundo, el cual como podrán observar intento explicitar en el subtitulo del blog. Poseo de forma inclaudicable la convicción de que son esos familiares lugares de reunion, los sitios desde donde se puede cambiar la compleja realidad en la cual nos toca vivir.
Es así que la idea de crear un blog proviene del gigantesco facto de ser una excelente herramienta para poder gritarle a este mundo lo que se me venga en gana! Mucho poder. Mejor! Jejeje! Así las cosas que circulan en mi cabeza, que bien pueden entrar en la categoría de “pensamientos”, pueden dejarme descansar de vez en cuando si las deposito por acá (al mejor estilo Dumbledore con su pensadero, que en realidad es un recuerdero). Ahora bien, es de una profunda emoción (y responsabilidad) el saber que estos monstruos mentales tiene una capacidad increíble de anidar en mentes ajenas y reproducirse para dar lugar a otros de su especie, por lo tanto procurare depositar solo ideas sustentadas en buenos argumentos y un casi infalible sentido común (intentando copiar, en buen sentido, tanto a Chesterton, como a Tolkien y Lewis).

Dicho y hecho, tengo blog! :)